Esa noche, diferente a las demás, andaba buscando ese algo, ese alguien que me había mantenido neurótico e inquieto por tanto tiempo. Sólo, me senté con mi cerveza a darle más vueltas al asunto de mis problemas, a pensar más en tantas cosas en las que no debería pensar. Me hallaba ensimismado cuando, un gemido cercano me hizo salir de ese trance. Cuando fijé mis ojos sobre la criatura era un pobre nudo de sollozos, una miserable masa de lamentos, que había elegido mi lugar preferido para pensar como refugio.
Lo conocía de una u otra forma, ya que inconscientemente noté que habíamos compartido el mismo lugar en diferentes oportunidades. Reconocerlo se me hacía difícil, ya que se me hacía muy similar a mí, por extraño que pareciera. Decidí, simplemente, observarlo para indagar un poco más sobre él.
A ratos, clamaba un nombre en medio de sus sollozos, pero ese balbuceo se me hacía imperceptible; evidentemente notaba que, estaba afligido de forma inestable por ese algo o alguien, que lo tenía así. Tenía, al igual que yo, una botella en sus manos, y daba tragos largos que reflejaban en su cara la amargura del licor. No le gustaba. Sin embargo, lo seguía haciendo, esperando ahogar sus penas en ese brebaje amargo que manchaba su ser pero, extrañamente, no le importaba; había trascendido para él lo físico a otro plano.
Quise acercarme y consolar esa pobre alma, que emanaba desdicha por cada poro, pero algo me contuvo en mi lugar, y me hizo ser un espectador más de ese bastardo show, que laceraba los sentidos. Acosaba mi mente un recuerdo, una imagen borrosa donde creía conocer ese tipo, ese esbirro lleno de melancolía y cansancio, pero no podía hacer más por él.
Estuve largo tiempo mirándolo, analizando cada parte de su ser y, luego de mucho apreciar, me di cuenta de que teníamos más en común de lo que pensaba. Ambos, nerviosamente mirábamos a nuestro alrededor para ver quién nos miraba. Ambos, andábamos buscando ese nosequé que nos traía locos. Ambos, andábamos cavilando por una vida sin sentido, dándonos el lujo de languidecer sin hacer nada. Al notar todo esto, comencé a rabiar; se parecía demasiado a mí, copiaba mi estilo, mi forma de ser, mi forma de pensar, juzgaba, era crítico y cínico, y alardeaba de ser mejor que los demás. Me alejé de aquel ente, que me recordaba tantas cosas. Horas después, llegué a la fatal conclusión.
Odiaba mi conciencia.
No hay comentarios:
Publicar un comentario