
Desperté atosigado por ese borroso sueño donde, por una vez más, te perdía sin poder hacer nada para salvarte. Me tambaleé hasta las cortinas y las corrí para dejar que un haz de luz bañara la habitación donde había caído inconsciente, botellas vacías y colillas todavía encendidas estaban tiradas por todo el suelo, y en la mesa de la máquina yacía un sobre abierto. De inmediato, recordé que me habías citado en el bar de la calle San Martín. Al fijarme y ver que en efecto, era miércoles, me temí lo peor. Improvisé algo para ponerme y salí corriendo de mi habitación, sin siquiera preocuparme por lo que iba a pasar cuando nos viéramos de nuevo. Bajé las escaleras de un salto, mientras retumbaban mis pasos por todo el viejo edificio.
Mientras bajaba por el paseo Concordia, noté como el cielo agolpaba una serie de nubes que mostraban que iba a caer una tormenta más tarde. Se suponía que estábamos en la época de sequía, por lo que yo le atribuía este hecho a mi gusto natural por la lluvia y, como nunca en mi vida, la naturaleza me estaba sonriendo por hoy. Llegué a aquel antro de tangos olvidados, que tal vez nunca llegaron a los oídos de quienes los debían oír; esas canciones que junto con el bar se perdían en el olvido, sobreviviendo a una ciudad que cada vez más las ahogaba son sus ritmos diferentes. Lo encontré habitado únicamente por el mesero, y una extraña dama que miraba recelosa desde su esquina mientras sacaba su cajita de rapé, por esto, y la forma como los pliegues de la ropa delataban las curvas de su cuerpo, supuse que no tendría una edad avanzada. Me senté lo mas alejado de ella que pude, y ordene una cerveza y una cajetilla de Rehinmetall, los únicos cuyo sabor amargo y contextura pastosa satisfacían mis gustos.
El tiempo pasaba, y la tormenta estalló de un momento a otro, bautizando las calles con el agua que lo limpia todo, menos el mugre del corazón de cada uno. Algunas pobres almas encontraron refugio en el bar, de las cuales reconocía a un tipo de aspecto Orwellesco: cabeza pelada, nariz prominente, ojos saltones y avanzadas ojeras. Era Yourcernar, el nuevo cadete italiano que la policía había dispuesto para la vigilancia nocturna. Nos habíamos topado una o dos veces en los pasillos del hostal, sin ir mas allá de un saludo formal. Cuando deje de abstraerme en mis pensamientos, noté que la dama de la caja se había acercado unas cuantas mesas hacia mí, y me miraba fijamente a los ojos. Como siempre, mis nerviosas manos comenzaron su recorrido por toda la mesa, cogiendo y soltando la botella, dándole vueltas al cigarro, intentando que no me fusilara con aquella mirada penetrante.
- Cálmate, no muerdo a desconocidos- me dijo, mientras se sentaba a mi lado. Tomó un par de tragos de mi cerveza, sacó su cajita, y me ofreció un poco de aquel polvo blanco, que me recordaba las cajas de maquillaje que solías dejar en mi cuarto. –Me llamo Tabatha, y tu éres?- fue lo siguiente que pronunció, mientras aspiraba de forma maquinal ese polvo que tanto me atraía. –Ya no vendrá, así que si no quieres irte a casa solo, tendrás que conversar conmigo-.
Luego de la pasajera sorpresa por la aproximación de esta extraña mujer, mi mente no pudo hacer más que aceptar un poco de aquella droga, mientras se preguntaba sobre tu paradero. Nunca más, me dije en ese instante. Nunca más caería de nuevo en tus engaños. A medida que la tormenta se acrecentaba, me dispuse a sacar lo mejor de la velada, dejando a un lado mi corazón y mis sentimientos; aprovechando la compañía de esta extraña mujer.
09 de diciembre de 2009
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