miércoles, 16 de junio de 2010

Cenizas [III]

No quise voltearme para ver la nube de cenizas que ascendía de las ruinas de aquella iglesia; solo aminoré el paso para ver la mariposa muerta que había a los pies de la acacia. Llevaba así mucho tiempo, pero sus colores todavía reflejaban vida y alegría, tal como las flores que habían alrededor de ella. Aprecié ese paisaje por unos minutos, hasta que el cansancio y el sueño comenzaron a regir mi cuerpo. Atravesé aquel camino de copas caídas y hojarasca borrosa y tomé la calle principal con dirección al hostal de mala muerte en el que me estaba alojando.
En el camino atravesé la serie de callejones que componían las ocupadas calles de esta ciudad muerta. En los arcos de las galerías se hospedaban todos los despojos de la sociedad, viejos generales, actrices y políticos; todo el mundo terminaba con una bala en el espíritu y su libertad atada a una droga. Permanecían días allí, sentados rezando por un mundo mejor o consumiendo las drogas que el mismo mundo les ofrecía; daba igual, todos eran la gran escoria de la sociedad, escondiéndose entre ellos filósofos y visionarios. Lastimosamente, todos quienes veían el mundo desde un punto de vista diferente terminaban allí. Me contenté por no estar ahí todavía.
En menos de lo que esperaba, llegué a la habitación 606 de aquel hostal de gentes retorcidas y dementes en el que me alojaba. Tanteé en mi abrigo la gastada llave que desprendía óxido y la inserté en la podrida cerradura que imprimía un aire de cárcel a aquel lugar. Cuando entré recibí la ola de humedad y polvo que caracterizaba aquellas habitaciones, y tropecé con un sobre que yacía bajo la puerta. Lo levanté, y llamó mi atención por sus puntas recubiertas de un esmalte dorado, el perfume floral que desprendía de él y la caligrafía perfecta que te caracterizaba. Lo recogí del suelo y lo froté contra mi corazón. Efectivamente, era una carta tuya; mi mano quemaba con mayor intensidad. Mis frágiles dedos se deslizaron hasta el doblez de la envoltura y lentamente saboreé como el aroma se hacía más fuerte a medida que abría el sobre. Dentro de él encontré el dibujo de aquel ángel que alguna vez te hice y otra de aquellas cartas que me hacían doblar en dos y vomitar mis sentimientos en oscuras manchas de pantano. Intenté leer lo que decía tu carta: “Nos vemos el miércoles en el bar de la calle San Martín. Te Amo.”. Durante unos segundos, examiné la situación y recordé el día aquel en el que te había dado aquel dibujo. Recordé perfectamente como mis manos tímidamente dibujaron cada trazo de aquel boceto, imprimiéndole cariño y amor para que lo apreciaras alguna vez. Con el corazón roto, me arrastré hasta la mesa en la que estaba mi vieja máquina de escribir y me senté a hacer lo único que sabía hacer, y que ni siquiera hacía bien.
Escribí con el desenfreno de mi vida encadenada a un sentimiento, ignorando la inmadurez y crudeza que se leía en mis actos. Entregué mi alma al adictivo sentimiento de la pasión y me enamoré de mis letras y de mi poesía, llenando mi ego con mentiras y falsas alabanzas. Escribí durante horas, días, hasta que las yemas de mis dedos se volvieron carne viva y mis lágrimas borraron la sangre con la que escribía aquellos poemas. Mi cuerpo famélico había sobrevivido con vino y cigarrillos, poniendo mi cerebro en un estado de trance en el que podía expresarme sin pensar en nadie más que en mi mismo. Cuando el vino y la nicotina que hacían que mi sangre fluyera dejaron de hacer efecto, entré en un somnífero delírium tremens, en el cual, después de vomitar la droga con la que me había alimentado aquellos días, comencé a alucinar en medio de calambres que hacían que mi cuerpo completo se retorciera y una migraña que hacía latir mi cerebro. Soñé con un frío y lejano invierno, en el que te veía vestida como novia en una boda junto a un lago. Tu blanco vestido y la pureza de tu piel se confundían con la nieve y se camuflaban entre la felicidad que se respiraba. Me acerqué para apreciarte mejor y, cuando me viste, echaste a correr con dirección al lago. Te seguí con lo que quedaba de mi cuerpo hasta que te detuviste en medio del lago y me miraste con tu cara de ángel. Cuando me acerqué para tomarte de la mano, la fina capa de hielo que nos separaba del agua comenzó a quebrarse, y lo único que hiciste fue lanzarme una última sonrisa. Corrí desesperadamente hasta aquel pozo negro en el que te habías hundido, pero el hielo se había reacomodado, dejándome un vidrio a través del cual te podía ver. Golpeé, arañé e intenté rasgar con todas mis fuerzas aquella barrera fría que nos separaba, pero lo único que logré fue herir mis manos mientras aquel gélido clima congelaba mis dedos. Vi como te hundías en aquel charco oscuro sin poder hacer nada por salvarte.

17 de Diciembre de 2008

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