Mi corazón, valiente como siempre, se dispuso a escribir tal como la voz se lo ordenaba, aunque no sabía si con esto lograría la compasión o rabia de quienes leyeran. Quiso contar como aquél día de otoño enterró lo que quedaba de él cegado por el dolor y la rabia de ser traicionado una vez más. Por más corazón que fuera, dejo de creer en el amor, en la esperanza, en la vida. Sus actos eran guiados por crudeza, odio y miedo.
Relató la historia como pudo, y a cada frase recordaba más y más que era sentir ese vacío, esa desazón; de nuevo, la ira se fue tomando el control de sus actos, y solo le quedó odiar. Odiaba el silencio de los inocentes que sufrían diario, odió como quería ganar respeto con odio. Odió la pesada carga que tenía que llevar, y su soledad natural, su necesidad de buscar el cariño que tanta falta le hacía, esa droga que lo movía a hacer sus actos, pero no lo dominaba, no lo hacía cambiar como ser para conseguir ese amor, y en su individualidad radicaba su defecto, esperaba ser querido como era, y personas como él dispuestas a remendar almas quebradas quedaban pocas. Lo ofrecía todo, su cariño, su tiempo, su vida, todo a cambio de un poco de amor. Apuesta arriesgada pensaba a veces, pero siempre estaba tan seguro de sus actos que hasta se orgullecía de sus errores, y los recordaba para revivirlos de nuevo, pues, como le provocaban dolor, estaba destinado a repetirlos cíclicamente, porque ese dolor era lo que lo hacía sentirse vivo, vulnerable. Era lo que lo sacaba de ese idílico universo de amor en el que estaba.
El corazón escribió, y la voz siguió subiendo mi ánimo. Me decía que no tenía que preocuparme por nada, ni que tenía que sentir, pues los sentimientos nada son al fin. Sólo me pedía que escribiera, que no parara de plasmar la realidad en palabras, en letras; para que todo ardiera, y de las cenizas naciera una mejor vida. Como soñador enamorado, todavía tenía esperanzas en el amor, en la vida, en ella, y lentamente me fui durmiendo en sus brazos, la paz que me brindaba me hacía sentir mejor que convivir conmigo mismo y con la soledad.
Cuando desperté, ya no estaba. Y sabía que por más que la persiguiera nunca la atraparía, pero que si me quedaba quieto tal vez volvería a mí de nuevo. Mis ojos ardían, y me di cuenta que había llorado. Había lavado las penas y dolores de mi alma con el llanto, y mi carga se sentía más ligera.
Después de pasar a la realidad lo que mi corazón había escrito, salí desesperado a buscar el calor que tanto me hacía falta, para así tener un vago recuerdo de aquella voz que guiaba mi vida. La voz en la que siempre creería, la voz del amor.
14 de Febrero de 2009
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