miércoles, 16 de junio de 2010

Absorbente Escampada [II]

Cuando cesó la lluvia, terminé el cigarro y el café que había comenzado, dejé sobre el mostrador un par de monedas y salí de aquel oscuro antro que había sido mi refugio durante tantas horas.
Mientras caminaba por la rambla, un remolino de pensamientos se agolpaba en mi mente, al tiempo que me envolvía una densa nube de emociones tristes. Recordé que solíamos seguir este camino cogidos de la mano, para así llegar a aquél parque en el que tanto nos gustaba acostarnos y hablar.
Me ardía la palma de la mano, y cuando me fijé note una mancha oscura como mi alma, en la que convergían seis líneas rojas, cada una representando las veces que te había dado mi corazón; jurándote un amor infinito.
Después de caminar algunas horas, descubrí que de aquél lugar de paz y ensueño sólo quedaba una árida planicie, poblada por una jauría de perros callejeros con un pelaje blanco como la nieve y unos ojos amarillos que, como linternas en la oscuridad, observaban atentamente mis movimientos, esperando el momento preciso para atacarme. Los ignoré y seguí caminando, pensando que si me atacaran en ese momento sería mejor que seguir sintiendo el dolor de las seis punzantes espinas que había en mi mano y el taladrante lamento de mi corazón flechado y herido. Me siguieron durante cierto tiempo, hasta que, cargado de ira y con la fuerza de la rabia corriendo por mis venas e inyectándome los ojos de enojo, arrojé una piedra contra el más grande de ellos. La piedra impactó en el cráneo del animal, dejándolo como un muñeco sin vida en el suelo, dándome suficiente tiempo para alejarme mientras los demás comían de su compañero sin vida. Después de tanto no son tan diferentes a nosotros, pensé.
Seguí mi camino a través de la luz proyectada por los débiles faroles de las afueras de la ciudad hasta encontrar una desviación alumbrada únicamente por la luz de una luna roja, que penetraba las copas caídas de los árboles. Haciendo caso omiso a mi sentido común, decidí seguir por ese camino para ver hasta donde me llevaba.
Las ráfagas de dolor que azotaban incesantemente mi corazón aumentaban su fuerza, volviendo mas gruesas las líneas que se juntaban en mi mano formando esa figura que me hacía retorcer de ardor; mientras latía por mi cuerpo la rabia animal que me dominaba. Divisando un claro más adelante, aceleré el paso para encontrarme con un camino cubierto de maleza y, en su centro, una iglesia a medio caer custodiada por una acacia milenaria.
Narcóticamente, ascendí los peldaños que me separaban de la puerta, o, lo que quedaba de ella. Me colé dentro del templo para encontrar una imagen un tanto triste, sillas roídas por el tiempo, paredes desechas, imágenes de santos y vírgenes maltratadas por el tiempo y las personas; y un atrio despedazado. Me acerqué a una de las bancas y me arrodillé. Lo primero que noté fue el altar, y encima de él una inscripción en latín que decía: “Nonae pater tros mittere suus angelus”, “El padre nos envía sus ángeles”.
El mío se perdió en el camino, pensé.
Saqué de mi abrigo la cuartilla doblada que tenía dentro, y comencé a leer lo que alguna vez me habías dedicado. Las ácidas palabras carcomían mi corazón, y lo único que pudieron hacer mis pusilánimes ojos fue saltar hasta el final, donde leí “A pesar de todo, Te Amo” y mi corazón se terminó de quemar a sí mismo. Cuántas veces no habías dicho te amo sin realmente sentirlo, a desconocidos que pasaban por tu vida robándote un poco de cariño. Me consideré uno de ellos, y me odié a mismo por haber sido tan ingenuo y haber pensado que era uno diferente a los demás.
Con el alma destrozada y sollozando mi entera existencia, me dispuse a hacer algo que no había hecho en años: Creer.
Por primera vez en mi vida, recé; elevando mis plegarias al cielo, golpeándome el pecho y prometiéndome ser una mejor persona. En medio de mi faena religiosa, me di cuenta de la hipocresía que estaba haciendo, rezándole a un Dios al que momentos antes había negado y en el que ahora, destrozado, buscaba refugio. Descubrí por qué los hombres buscamos a Dios solo cuando estamos desesperados. Una ilusión, una esperanza, una última opción a la cual recurrir; buscamos la promesa de que todo va a mejorar, buscamos alguien que nos jure que las cosas no están tan mal como parecen.
Después de jurar vanas promesas y aferrarme a una esperanza perdida, me incorporé como pude y sentí como el frío acababa de raer mis entrañas y calar mis huesos. Sin saber cuantas horas había estado en mi letargo litúrgico, me tambaleé hasta la salida, viendo como años de trabajo y culto habían sido acabados por una vendetta vandálica.
Salí de aquella iglesia roída por el tiempo y el frío, y, cuando lo hice, ésta se desmoronó a mis espaldas.


01 de Diciembre de 2008

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