Te lancé mi mirada más melancólica, con mis ojos fulminantes cargados de tristeza y desesperación intenté traspasar tu alma, dándole puñaladas a tu corazón inerte hasta que sintiera algo por mi, así fuera lástima. Como todo contigo, lo único que logré fue herirme más a mi mismo, atrapándome en el torbellino cargado de ira y dolor con el que te acababa de juzgar.Mi reflejo en tus ojos sólo me demostraba que escuchabas, pero no oías el grito de mi alma frígida diciendo que te extraña, que me haces falta, que sin tí no puedo vivir. Me respondiste huyendo, sin siquiera darme tiempo de argumentar las palabras con las que te iba a saludar, escapando por cuanto laberinto de tu existencia pudieras meterte, dejando rastros de un amor que no acaba, pero que nunca fue algo; indicándome que nunca habías sentido algo por mi, todo había sido una mediocre farsa.
Tu cuerpo de agilidad felina logró escapar antes de que pudiera notarlo, dejándome a solas con el aroma de tu piel desvaneciéndose entre mis dedos, manchando mis entrañas, negras como el pantano, podridas de tantas veces que te amé y odié con todo mi corazón. Un olor dulce como los jazmines al florecer, pero con la misma amargura que la punzada de una rosa asomaba por el suelo recordándome los días y noches que habíamos pasado juntos, en los que compartíamos momentos de soledad, mirando por horas los árboles sin decir palabra, sintiendo ráfagas de amor y alegría, sin importarnos los demás.
Al repasar todos estos momentos, me di cuenta que no podía dejar de amarte, y que nunca lo haría, pues está en el alma del perro fiel volver a su amo, por más maltratado que haya sido.
Te odié con todo mi corazón, enfilando cada décima de mi energía en despreciar tu miserable existencia, llena de defectos y pretextos, con un amor incomparable al que dirán, mientras tu corazón real se retorcía ante tanta hipocresía.
No pude hacerlo, simplemente tu imagen en mi mente me desviaba de herirte, la felicidad incomparable que alguna vez me diste llenaba el vacío de atención y vanidad que el niño dentro de mí pedía a gritos, gritos que solo tú con tus besos cálidos y caricias tiernas podías sofocar.
Mi alma te buscaba en vano, tal como la dependencia a una droga, cada vez que pasaba más tiempo sin tí me dolía, buscando así dosis cada vez mayores para ahogar mis dolores en silencio, ahogarlos con tu sangre, sangre maldita que me atormentaba día y noche y me rememoraba tu pasión oculta conmigo.
Encontrando solo vacío y un cristal de esperanzas roto en mil astillas, salí a la calle a caminar, buscando un café donde refugiar mi alma maldita de la lluvia ácida que comenzaba a caer sobre la lúgubre ciudad; cerrando su cielo manchado de humos negros y rojos sobre mi cabeza.
23 de Noviembre de 2008
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