Luego de un extenuante día de procrastinar me recosté en mi cama dispuesto a descansar por fin. De inmediato me desperté de un salto, sobrecogido por ese aberrante sueño, y me persigné con la mano izquierda. Salí por la ventana de mi casa y me fumé un cigarrillo de aire puro.
Me bañé con la luz del sol. Le arrojé palomas a las personas. Fui a un café y pedí un vaso de agua caliente. Escribí un poema con tres fósforos. Leí la sección de economía del periódico y anoté los salmos para luego revisarlos en mi biblia. Compuse la trigésima sinfonía con la mano izquierda y escribí estas líneas de abajo hacia arriba. No pagué, y a la salida hice reverencia ante la comisaría. Me teletransporté al sótano de mi casa y prendí la lavadora. Me vestí. Terminé otros tres tragos de agua caliente y me reí de tu recuerdo. Recité de memoria el Manuscrito Voynich. Levité hasta la cama, 11 a.m de la madrugada, y me dije lo opuesto a lo que quería escuchar. Amén.
29 de Noviembre del 2010
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