Me siento llegar a casa después de una larga guerra. Siento como arrastro las pesadas botas hasta el pórtico de nuestra casa, viendo como la vida sigue y, por más que lo quiera, el tiempo no se detiene en el mundo real. Las secuelas del combate abundan en mi cuerpo, marcado por las cicatrices de cada batalla luchada contra mi nostalgia. Los peores vestigios, las lágrimas y el dolor, han preferido no manchar el gastado uniforme que ahora cargo; son penas que llevo únicamente en el alma. Dicen que se sabe mucho de un hombre por como se ve. Pues bueno, admito que disimulaba de la mejor forma las heridas del combate.
En la guerra, el tiempo transcurría lento. Tan lento que me encontré dándole vueltas a la idea de tu recuerdo una infinidad de veces. Tu recuerdo era la mejor arma de doble filo para alegrarme y apagarme, para motivarme y desesperarme. Tan sólo con intentar recordarte, terminaba por confundir tus mentiras con tus verdades, y pensar que todo seguía siendo como antes. Es una guerra auto-infringida, al mejor estilo de mis problemas afectivos, pero no descartaba la posibilidad de salir con vida de ella.
Tuve miedo, lo reconozco, tuve mucho miedo, y no tenía rifle alguno al cuál aferrarme, no tenía blindaje que me hiciera sentir seguro. Nada de eso servía en la guerra en la que me encontraba abstraído. Es más fácil sobrellevar el duelo cuando se tiene alguien al lado, pero no me acompañaban más que tu recuerdo y tus palabras, y francamente podía aferrarme más a lo que quedaba de mi cordura. Tenía miedo, si, de perderte, de perderme, de cambiar, pero prefería no pensar en eso. Lograba ocupar la cabeza con las banalidades que cruzan la mente de todo hombre, mientras aseguraba diluir mis verdades con mentiras.
No espero que me comprendas, no espero comprenderte, no puedo esperar nada en verdad, nada que no sea poder seguir arrastrando esta dilucidada existencia hasta tus brazos, hasta la puerta de nuestra casa una vez más.Tengo miedo. Tengo mucho miedo, de que al cruzar este portón que nos separa encuentre una casa llena con todas nuestras cosas, todos nuestros conflictos, nuestras alegrías y frustraciones, nuestros sueños, nuestras esperanzas, nuestros vicios, nuestras mentiras, nuestras verdades, nuestros sentimientos (que nadie nunca nos podrá arrebatar), nuestros besos, nuestros recuerdos. Tengo miedo, sí, mucho miedo, de que al llegar no encuentre más que una casa llena de absolutamente todo lo nuestro, hasta los fantasmas de lo que solíamos ser.
18 de Octubre de 2010
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