Déjame regalarte un poema. Déjame, déjate. Deja que mis palabras te inyecten todo lo que siento, todo lo que pienso, todo lo que imagino; déjame entrar a tu subconsciente, recorrer tu mente y sentarme voraz en tu corazón. Déjame intentarlo. Déjate. Que el miedo no te frene con nuestras barreras mentales. Acéptame, tolérame. No, demasiado egoísta. Consienteme, quiéreme. No, demasiado afable. Descuídame, desentiéndeme. No, demasiado trágico. Quedémonos con el déjame, con el déjate, lo digo más por ti que por mi, lo digo más por lo que puedes perder, a decirlo por lo que yo pueda ganar. Salta. Libérate. Deja que la narcosis se apodere de tu ser, que mis peligrosas palabras te amodorren y logres dormir plácida. Que las piedras no sean más que escalas sobre las cuales apoyarnos. Que todo sea un sueño del que no queramos despertar. Y, ¿Por qué tener que hacerlo? Que sea una ilusión que nos deje soñar, que sea un vado donde podamos descansar, que sea una verdad que nos haga desear, que sea un callejón que nos haga olvidar. Déjame, déjate, dejémonos, y creo es pertinente ahora hablar de nosotros. ¿Se necesitan acaso dos para hablar de uno, o desde uno podemos hablar de dos? No lo sé, no me importa en verdad. Sólo sé que quiero que entre nosotros dos haya uno, que de este individuo la pluralidad sea ley de vida. Y a lo mejor todo terminará. A lo mejor no, con seguridad que lo hará. Pero que cuando todo termine y no nos quede más que un puñado de cenizas para abrazar, cuando se cierren nuestros párpados y volvamos a alzar murallas sobre nuestros corazones, podamos caer de nuevo en esa melancolía llena de sopor donde recordemos que, así haya sido por un momento de nuestras vidas únicamente, no nos cerramos las puertas ante la posibilidad de ser felices.
08 de Agosto de 2010
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