martes, 22 de junio de 2010

Once in my head, dead by the end

En realidad no quería tu lástima, ni la de nadie francamente. Sabía que habían muchas personas dispuestas a sentir compasión hacia mí, pero tenía que tragarme de nuevo la psicorígida mentira de que era lo suficientemente fuerte para afrontar el golpe. Lo que me mataba en realidad era el hecho de que por mis propios méritos había fracasado una vez más en intentar que las cosas, y por sobretodo mi estado anímico, salieran bien.
Como siempre, termine por estallarme la cabeza al arrojarme a ese pozo vacía que no conocía a fondo, y en el que ciegamente había comenzado a creer una vez más, siendo ese pozo, por supuesto, la confianza en mis acciones. Sabía también que no había cambiado en lo más mínimo antes, durante, o después de haber comenzado este corto viaje, pero felizmente obnubilado por la creencia de que sabía lo que hacía, de que, en mis propias palabras, nunca más cometería el mismo error pendejo de siempre donde terminaba jugando a ser Ícaro volando cerca del sol, pero como siempre, terminé quemando mis alas y perdiéndome en el vacío. Pero bueno, sí la quería, si quería tu compasión, quería que me dijeras que lo sentías, que igualmente las cosas no cambiarían. La quería, no sólo por la mera perversión de hacerte sentir mal, de que vieras cuán desesperante era sentirse así, sino también para poder ignorarte y mentirle de nuevo al corazón diciendo que no eras más que otra mujer que había pasado por mi vida. Claro, buscaba eso, únicamente para poder seguir con esa sonrisa robótica que aparentaba que todo estaba bien, mientras veíamos juntos como mi corazón se descomponía.
Sarcásticamente, la única puerta a ese corazón eran mis ojos, y tú odiabas mirarme fijamente. Era uno de los mejores mecanismos de defensa que tenía. Ése, y la sonrisa falsa que podía sacar cada que te decía que, sin importar lo que sucediera, yo iba a estar bien. En realidad no me dolía tanto que te fueras, nunca mentí cuando te dije que verte feliz al lado de otro alegraría un poco mi existencia, pero eran los sentimientos sin dueña que dejabas atrás los que me mataban, los que me quemaban de adentro hacia afuera. No tenía problema con ir y buscar una substituta para esos sentimientos y entregarle mis besos a cualquiera, lo cual seguramente podía lograr para el final del día, pero a la hora de la verdad, seguía sólo, amargado, y lleno de esos sentimientos que se marchitaban.
Al final, no queda nada luego de la descarga prepotente de líricas, más no podía ocultar que, primeramente, debía aprender de mis errores al intentar ser tan perfeccionista y veloz, intentando que las conclusiones personales y morales quedaran plasmadas en mi memoria, y no en un escrito que me redimía y, seguramente más importante que lo primero, nada había cambiado, todavía te quería.

22 de junio de 2010

No hay comentarios:

Publicar un comentario